El Bastoncillo del Convento

Inadecuado y algo vanidoso ha de parecer, sin duda, el que esta modestísima historia, escrita con mejor deseo que acierto, merezca siquiera tener que adomarla con preludio ni antesala alguna. Pero, aunque no cuadren bien estas primeras líneas a modo de prólogo, no estarán de más aquí puestas a la cabeza de esta narración para que, si se quiere, se me disculpe y justifique.

Corría el año del señor de 1651. En uno de los locutorios del Convento de San Benito, a extramuros de la villa de Orellana la Vieja, comparece Sor María del Sacramento, monja profesa, con autorización de la priora sor Benita de la Concepción, para recibir a un enviado de D. Juan Ruiz de Santa Cruz, tío de dicha sor María del Sacramento, arcediano de la Catedral de Cuzco en Perú y Comisario del Santo Oficio, el cual manda a su sobrina varios objetos de valor, una carta, como así mismo dos mil pesos de ocho reales.

De la carta, muy extensa por cierto, selecciono unos renglones o líneas que transcribo literalmente, dicen así: “En estos galones os envío mi bastoncillo de oro que pesa sesenta y cuatro castellanos, que es media libra de oro y catorce castellanos más, para socorro de vuestras necesidades

Estos datos y otros más interesantes, en lo que se refiere a dicho convento, están sacados de un archivo particular procedente de Miajadas. La leyenda que sigue, dotada de una insignificancia de fantasía, es totalmente ficticia aunque bien pudo ser realidad.

El Bastoncillo que, según estos registros datados en 1651, pesaba sesenta y cuatro castellanos (unos trescientos gramos), no llegaba a medir veinte centímetros, estaba formado por dos cuerpos, uno más largo que el otro, formando estrías o canaletas imitando los tubos largos de un cactus de la familia y género de los “cereus”. La parte superior terminaba en un abultamiento en forma de media esfera, la parte más plana servía de peana a una pequeña estatuilla que representaba a un ídolo Inca.

Estaba dicho ídolo sentado en cuclillas con los pies descalzos y las piernas cruzadas, las manos toscas y regordetas las apoyaba encima de las rodillas. Tocábase con un gorro primorosamente trabajado formando plumas cubiertas de turquesas y conchas rojas. La cabeza y cara eran más bien grandes con relación al cuerpo, posiblemente para poder encajar en los ojos dos grandes y bellísimas esmeraldas rodeadas de turquesas y lapislázuli; también se adornaba el ídolo con varias hileras de pulseras que portaba en los brazos y por encima de los tobillos.

Hízose cargo de este tesoro, como es natural, la priora del convento, la cual, muy diligentemente, lo transportó a su celda. Bien pasada la media noche una sombra se desliza por el claustro del convento y entra sigilosamente en el templo, aquella elevada nave de piedra apenas se iluminaba con los mortecinos y melancólicos rayos que esparcía la perenne lámpara del Sagrario. Sus pasos apenas resonaban sobre el pavimento, las esculturas representando Santos que se hallaban sobre los altares parecían oscilar a los tibios reflejos de la tenue luz.

La atmósfera estaba fría. Una vez llegada junto a la lámpara, encendió una vela y se dirige al lado de la epístola donde había ( y está todavía) una puerta que conducía a la sacristía. Las paredes de ésta estaban cubiertas por grandes lienzos pintados, muchos de los cuales ( aunque clamaban restauración) eran de un indiscutible mérito artístico.

La priora, pues de ella se trataba, acciona unos resortes y una de las piedras de granito del friso se mueve dejando al descubierto una puerta secreta. Descendió por unas escaleras de desgastados peldaños, esculpidos en la piedra, hasta llegar a una estancia de la cual salían dos pasadizos, uno de ellos en dirección al Palacio del Marqués de Orellana, el cual a unos veinte o treinta metros, estaba interrumpido por un derrumbamiento ya muy lejano.

Colocó la priora en una hornacina de la estancia el pequeño cofre donde guardaba el bastoncillo y los doblones, subió las escaleras cerrando el mecanismo que llevó a su lugar la piedra de la entrada, atravesó la sacristía y, no bien hubo alcanzado el interior del templo, cuando un ruido sordo, profundo y aterrador, se dejó oír por tres veces consecutivas anunciando una muerte en el convento.

Había en la Orden una tradición que data de muchos siglos, en la cual San Benito pidió a Dios una gracia y era el poder advertir a sus religiosos antes de su muerte y le fue concedido al Santo que en el monasterio, sea de religiosos o religiosas, en el que cual debía acontecer una muerte, algunos días antes se oyera un ruido sordo como si pegaran en las paredes del convento fuertes golpes de maza , lo cual servía de aviso para que se pusieran en estado de bien morir.

Dos días después la Superiora del Convento de San Benito de Orellana la Vieja, fallecía llevándose a la tumba muchos secretos que no pudo transmitir a su sucesora, uno de ellos la entrada secreta de la sacristía.

Por aquellos momentos el monte empezaba a estar sombrío, las copas de los árboles perdían sus contornos, pues el sol había desaparecido tras los cerros más altos, escuchábase a lo lejos el graznido de los cuervos que buscaban su albergue en los tejados, el viento dormía, la inmovilidad de los árboles de la huerta del convento causaba espanto.

La helada sería más intensa que nunca aquella noche, el aire inmóvil y seco se entraría en los pulmones como cuchillos de hielo. La luna en sus primero días comenzaba a bajar hacia poniente, las estrellas cada vez más numerosas se reflejaban agradablemente en las quietas aguas de las pedreras y las tablas del río.

La campana del convento anuncia que las siervas de Dios debían consagrarse a sus últimas oraciones y cantos, recogiéndose después en sus humildes celdas. No muy lejos el canto sigue, pero esta vez es el agua limpia y cristalina del arroyo de los Algibes que, rodeando al castillo Montalbán, corre serpenteando por Maiserrana y las Dehesillas, llega a desembocar en el pocique de la Bernagaleja recibiendo allí entre juncos y atarfes las caricias del padre Guadiana.

Por si aparece el bastón y dueño quieres ser d’el, desde tu casa al convento un túnel tienes que hacer, pero cuidado “enteradillo ” no te equivoques de ruta y llegues hasta Trujillo

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