La Leyenda del Berraco

Nuestro pueblo muy prolífero (como pocos haya) en leyendas, cuentos de brujas, duendes y marimantas, no podía quedarse atrás en los fantásticos mitos de
fabulosos tesoros escondidos.

Una de estas leyendas, muy antigua, es la que se refiere a la existencia en nuestra sierra de un Berraco de oro macizo, de dos kilos de peso. Este Berraco, ídolo o jabalí, está enterrado en una cueva (nadie sabe donde) bastante grande, pero con una entrada larga y angosta que está taponada con grandes piedras. Esto es todo lo que se dice de esta historia.

Por lo demás nadie ha visto la cueva, el Berraco o nada que se le parezca, por lo que no es dificil imaginar que todo es una patraña no muy bien contada. Pero en fin, dejemos volar la imaginación acompañada de la fantasía, a ver qué pasa.

Hace muchísimo tiempo, tanto como para situarnos en los primeros años en que tribus indígenas poblaron la Sierra de Orellana – ya existía justo en la cima, una gran explanada llamada la carrera de los caballos -. Esta explanada tiene, por el lado norte un gran montículo de rocas en el que puede verse aún restos de un poblado prerromano, donde quizás se encontró el torque de oro macizo que D. Martín Almagro Gorbea describe en su libro (Período Orientalizante de Extremadura).

Pero sigamos con la historia. Hemos llegado al lugar. Un hombre cavó un agujero en la tierra, echó leña en él y encima una especie de trébedes sobre la que puso un caldero. Acompañaba sus acciones de extraños gestos mientras un gato negro daba vueltas a su alrededor, de su cola saltaban chispas que formaban un aro de fuego.

Pronto comenzó a arder la leña hasta que finalmente brotaron llamas azuladas bajo la trébedes. Comenzaron a hervir y borbotear las extrañas sustancias que había echado en el caldero: flores, metales, hierbas (no era posible distinguirlas). Clavó su mirada en el interior del caldero al mismo tiempo que emitía en plena noche unos sonidos horriblemente chillones. El gato entre tanto corría sin parar gimiendo y aullando.

La luz tenebrosa, procedente de la hoguera, se había tornado de un rojo amarillento dando un aspecto fantasmal al entorno. Por debajo de las pieles que cubrían sus huesudos hombros, sobresalían unas esqueléticas manos, una de las cuales remueve la poción infernal. Se ríe con un gramido a través de la tormenta, que aulla y ruge no muy lejana.

La brevísima luz de un relámpago nos deja ver un altar de roca gris y en el centro del mismo, al famoso paladio. Una estatuilla en forma de jabalí sentado o recostado sobre sus patas traseras. La pata delantera izquierda muy derecha y firme, hendiendo la pezuña en el pedestal que lo soporta. La pata derecha está levantada y doblada por el codillo.

Es de oro macizo adornado con colmillos de marfil y formando los ojos, dos hermosos topacios elipsados. Se cubre con una corona ligera y delicada, que más que un adorno de  solemnidad parece un aderezo de lujo. Esta pequeña corona, está formada por siete flores de loto abiertas en forma de cruz griega, unidas por un enrejado de hilos de oro cruzadas en forma de almendras y en cuyas junturas hay pequeñas florecillas en forma de margaritas. Entre los numerosos objetos que llenan el ara del altar hay dos brazaletes de oro macizo, seis piezas de oro que serían parte de un brazalete, compuesto de pequeñas perlas de oro soldadas de dos en dos. Dos placas de collar de plata de forma circular. Un medallón con un gavilán de cornalina verde, mil novecientas perlas de oro engarzadas en diecinueve collares, cincuenta y nueve arracadas de oro puestas en círculo alrededor del Berraco, cincuenta en forma de asas de brasero y nueve en forma de lágrimas incrustadas de turquesa, lapislázuli y esmeraldas.

Casi a los pies del ídolo puede verse un medallón de oro con un gran rubí donde finamente tallado, en la preciosa piedra, hay un pequeño jabalí. Esta visión desapareció por completo con otra vivísima luz de un relámpago, seguida de un horrísono trueno que retumbó en la sierra con la fuerza de cien bombas. El suelo se hundió sepultando al brujo, al gato y al altar con su tesoro. Grandes rocas se desprendieron de todos lados, taponando el agujero abierto. Una fuerte lluvia comenzó a caer arrastrando piedrecillas, tierra y hojarascas, rellenando las pequeñas grietas que habían dejado las rocas al caer en el hoyo.

La tormenta paró y el sol de levante, rojo como el fuego, penetró entre las sombrías y negras nubes, que volaban raudas, disipándose en la profunda lejanía, la brisa matutina agitaba sus alas y una marea de gratos aromas fluía de los árboles, de las flores y la
hierba.

Pronto la Madre Naturaleza cubrió el lugar con un manto dejaras, cantuesos y abulagas, quedando así en el olvido este dichoso pero también nefasto lugar. Este es mi consejo:
A buscar el Berraco no vayas solo, búscate un amigo con carambolo, pues mejor son dos tontos que no uno solo.

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