La Mano de Fátima

El viento soplaba con fuerza, penetrando aún en las regiones más protegidas contra sus furores, encorvaba los arbustos, hacía morder el polvo a las plantas y arrojaba la tierra como alas de un pájaro gigantesco, mientras que levantaba torbellinos de hojas y flores hacía inclinarse con gravedad a las retamas.

Así finalizaba el otoño o quizás comenzado el invierno del año setecientos trece, cuando un poderosísimo ejército musulmán a las órdenes del moro Musa – Ibn – Nusayr, subía por los viejos caminos romanos de La Plata en dirección a Mérida. Era la primera vez en la historia que huestes islámicas ponían sus pies en la parte sur de Extremadura.

Doscientos años después Ordoño II, Rey de Galicia, reconquistaba parte del curso medio del Guadiana y también donde se asienta actualmente Orellana la Vieja. Ordoño tenía la intención de apoderarse de la muy rica ciudad de Miknasa; cosa que no llegó a lograr porque sus guías ” árabes ” no quisieron conducir a las tropas de Ordoño para que la ciudad no fuera destruida.

Esta riquísima ciudad perdida para siempre por los abatares del tiempo, pudo estar ubicada donde está la actual Orellana o bien por sus alrededores, pues es muy significativo el hallazgo fortuito en Los Tercios de una pequeña mano de plata de bella fabricación árabe. En la Edad Media estuvo muy extendida la superstición de que una mano abierta y extendida era un talismán contra el mal de ojo y demás maleficios, creencia que aún persiste entre los musulmanes, por lo que en la fachada opuesta de sus casas suelen estampar su mano previamente empapada en almazarrón u otra materia colorante. Esta es la razón de que sobre las arcadas de algunas puertas de Granada aparezca esculpida una mano. El emir Abd – el Kader constituyó para recompensar a sus soldados una insignia que consistía en una pequeña mano de plata semejante al amuleto conocido con el nombre de Mano de Fátima.

Situado entre La Mojonera que divide los actuales términos de las dos Orellanas, existe un lugar llamado por los antiguos “la asomá a la puebla”, es una pequeña vaguada que permite seguir un angosto y estrecho camino entre varios cerretes, paso obligado éste a la célebre fuente de Picón. El cerro más alto, coronado por un promontorio de peñas grises, cae en suave declive en su parte sur para formar el arroyuelo Matreboloso. A media pendiente se encuentran vestigios de lo que pudo ser una cabila mora bastante grande, quizás una tribu dependiente de la perdida ciudad árabe de Miknasa.

Entre los bien visibles cimientos de las chozas o cabañas se aprecian innumerables restos de cerámica islámica, pequeños trozos de tejas y de muelas de molino. Y he aquí que después de esta brevísima ambientación histórico-literaria solicito la amable generosidad de los lectores para que me sea permitido el narrar la siguiente historia: “Se cuenta que en la antigüedad del tiempo, el pasado y los siglos, vivió en este lugar un Adalid respetado y prestigioso que tenía una hija llamada Ailis, la cual se enamoró de uno de los catorce “porta alfange” del visir Ben – Emi. El prometió casarse, pero le dijo que tenía que volver a Africa con su señor antes de reunirse definitivamente con ella. Ailis se avino a esta separación y él le entregó una pequeña arqueta de plata con el ruego de que no la abriese por el momento. Contenía, según dijo él, un objeto sagrado del culto musulmán. La joven no tenía que abrirla hasta el momento en que hubiese perdido toda esperanza de volverle a ver.

Llegó la fecha convenida para el retorno, pero Ailis se quedó sola para siempre. Siete veces bajó al cercano vado del río llamado De la Bernagaleja para ver si llegaba su amante, pero siempre fue en vano. Aquellas noches le fue imposible dormir. Rociaba con sus lágrimas la parda tierra, en su delirio pronunciaba repetidas veces el nombre querido. Cuando desesperó de recuperar al que amaba, un día, al despuntar la aurora, abrió el valioso cofrecillo. Dentro, en un fondo de seda negra, tan bello, tan resplandeciente que parecía salido del Jardín de Alá, se encontraba un precioso talismán de plata reproduciendo fielmente la mano de la bellísima hija profeta.

Las piedras preciosas que la formaban deslumbraban heridas por la luz del amanecer, pero lo más maravilloso eran las uñas bien formadas por cinco claros rubíes. Acompañaban al talismán dieciséis dinares de plata y una placa de oro de forma rectangular. En una de sus caras grabadas a buril, unas frases en árabe manifestaban las cualidades maravillosas que se Otorgaban a su poseedor, y por el envés un mapa de uno de los tesoros más fabulosos que jamás se pudiera soñar fruto éste de los botines de guerra y la rapiña a la que estuvo sometida Extremadura durante la dominación
árabe.

Escondido quizás en una cueva, el botín debió ser fabuloso. Alhajas, joyas de oro y plata, piedras preciosas acumuladas durante siglos por la Iglesia Visigoda y robadas después por las hordas árabes.

Magníficas telas de brocado en oro, perlas y sedas de Oriente. Ibn – Sabbt refiere el riquísimo Jacinto de Miknasa, piedra preciosa en extremo y que dice fue de Alejandro Magno.

Pero el dolor y la locura de Ailis por la pérdida de su amado imposibilitó la búsqueda de este tesoro, que todavía sigue escondido y olvidado en algún lugar
secreto y oscuro semejante al final de esta historia. El sol se pone, pero el alto ramaje de los árboles y las rocas brillan como oro fundido. Los pequeños desfiladeros de los arroyos se estaban invadiendo por una oscuridad ‘ azul y parecían tan peligrosos como si fueran abismos, incluso encinas, retamas y tomillos, sombríos ya entre tinieblas, estaban llenos de misterio a pesar de que en cada cima parecía que estuviera encendida una alegre luz de vida y esperanza.

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